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Cómo proteger a nuestros hijos del asecho sexual

Dra. Anissa V. Hernández

Por Dra. Anissa V. Hernández, psiquiatra

Maestra Reiki, autora del libro Una Transformación al Amor

Ha sido alarmante el aumento de casos de abuso sexual infantil que se ha reportado en nuestra isla. Más alarmante aún es el hecho que salió a la luz pública sobre la falta de datos y omisión de información neurálgica en el Registro de Ofensores Sexuales. Estos datos son extremadamente importantes a la hora de hacer un análisis exhaustivo sobre el perfil de un agresor pederasta y sus víctimas, para así poder identificar, actuar, tratar, y prevenir el abuso a tiempo. La falta de reportes de dichos delincuentes se convierte en complicidad y encubrimiento, dejando a nuestros hijos cada vez más vulnerables y desprotegidos ante un abusador incógnito.

He leído artículos de la prensa donde entrevistan a profesionales muy conocidos que hablan sobre este tema. Entre sus recomendaciones se encuentra el fomentar una buena comunicación entre padres e hijos y que se eduque a los niños adecuadamente sobre el sexo. Estos puntos son parte de la formación básica de un ser humano. Ahora bien, ¿dónde dejamos la confianza? No es tan solo tener lo que pensamos es una “buena comunicación” con nuestros menores o darles todo tipo de información sobre sexualidad según su edad. La comunicación debe ser efectiva, en ambas direcciones, de escucha activa y sin juicios.

Perfil de un ofensor sexual o pederasta

Hay un punto bien importante a considerarse que está relacionado con la identificación y prevención del abuso: el poder descifrar el perfil de un ofensor sexual o pederasta. Hasta el momento, no hay un perfil bien definido de una persona que tenga tendencias a la pedofilia o a la agresión sexual. Pueden encontrarse en cualquier grupo socioeconómico, pueden ser líderes de nuestra comunidad o religiosos. No obstante, son personas que, a la hora de cometer sus actos delictivos, son muy ávidos en manipular y esconder información. Más aun, son personas que ante los ojos de los demás lucen confiables. Este hecho hace que los casos sean difíciles de reportar y que tarden más tiempo en descubrir lo que sucedió. Por eso exhorto a las autoridades y a los grupos investigativos a realizar estudios más exhaustivos sobre el perfil de estos agresores para encontrar factores comunes entre ellos.

Y entonces, ¿cómo fomentamos que nuestros hijos tengan la confianza de abrir sus corazoncitos y contar sus miedos y dudas? No es solamente lo que hablamos. Nuestro ejemplo muchas veces vale más que mil palabras. ¿Cómo creen que un niño va a confiar en un padre, madre, o cuidador que mientras le esté hablando está haciendo otras cosas? ¿Qué confianza puede tener un joven en un padre malhumorado, irritado, que muestra tener prisa por cumplir sus rutinas del diario vivir? O peor aún, que no saca el tiempo para escuchar y observar lo que su hijo(a) le está diciendo. También está el tipo de padres que, aunque tengan la mejor intención de ayudar, carecen de destrezas emocionales y psicológicas para lidiar con sus estresantes. Estos son los padres que actúan en negación, los que no pueden controlar y canalizar su coraje. Debe ser un dolor muy grande enterarse que su niño(a) ha sido maltratado o abusado por una persona en la cual pusieron plena confianza para que cuidara de ellos en su ausencia. Es la palabra del adulto contra la del menor. Un menor, aún con su psiquis en desarrollo, no posee la capacidad para inventar o sostener una mentira. Para el 2011, en una revisión de literatura científica y clínica hecha por estudiantes de Criminología de la Universidad Católica de Puerto Rico en Ponce encontraron que en un porciento ínfimo de los casos (0.2%) los menores habían mentido sobre el abuso sexual. No obstante, un 99.8% de los menores había dicho la verdad. En un estudio en particular, los menores que cambiaron versiones estaban entre los 10 y 13 años de edad, y la razón por la cual mintieron fue porque no tenían buena relación con su padrastro o la pareja actual de su madre, y extrañaban a su padre. Esto nos da a entender que la comunicación asertiva y efectiva, junto con el desarrollo de una confianza con límites saludables hace que el/la menor no desarrollen estos tipos de patologías y se sientan seguros y protegidos por los adultos que se supone que los cuiden.

La confianza y los límites saludables es lo que fomenta la seguridad en ellos mismos. La comunicación y la educación son importantes. Pero si no hay confianza, no hay apertura a una comunicación efectiva, ni al aprendizaje.

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