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Mujer de red en mano

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Dra. Lilliana Cabouli

Por: Dra. Lilliana Cabouli, Psicóloga

Especialista en Relaciones de Pareja

Siempre me hizo gracia el hecho de pensar en los hombres que tienen miedo a que los enganchen, al compromiso. Hay una visualización que aparece en mi cabeza: cientos de mujeres con una red en la mano, de esas redes para moscas, intentando cazar algún macho. ¡Este es mío, mío y mío! Muchas mujeres peleándose por el mismo, y otros, por el contrario, que nadie quiere agarrar. 

¿Será esta la sensación que tienen los hombres con respecto a las mujeres? ¿Por qué? Por esto del Edipo materno (si corté con  mi amada madre no voy a caer en los brazos de otra mujer”) y así, viven huyendo.

Yo detesto este concepto y me complica la vida, pues las mujeres, necesitamos amar. Y los hombres también.

En el amor no puede haber creencias de este estilo, porque si este es el cimiento del inicio de una relación estamos construyendo un edificio sobre arenas movedizas. El enganche o compromiso no puede, no debe ser unilateral: si lo es no sirve. 

Cuando escucho frases como: ya se va a casar conmigo”, “va a caer solito”, “yo por ahora espero, pero voy a hacer cualquier cosa para que me quiera y se olvide de su ex”, en boca de ciertas mujeres – y digo así porque no son mujeres, sino meros objetos femeninos – quisiera acribillarlas.

 

 

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Por favor, no queramos ser hombres, pero tampoco ¡flor de ridículas!

El amor no se consigue con esfuerzo, como si se fueran a desarrollar los músculos en un gimnasio. No hay que proponerse que nos amen: esto se da solo, se siente, no es un desafío.

No hay que querer atrapar a nadie: quiéranse un poco, sáquense las redes de las manos, que quizás ustedes tampoco quieran ser atrapadas.

Dejemos de darle al hombre un lugar de joya para nuestro índice: démosle un lugar más fidedigno, el lugar de nuestro compañero de vida.

Somos personas, seres humanos, primero y ante todo, antes de hombres y mujeres. Conectémonos con esto, con la humanidad que nos une y con la diferencia de sexo que es hermosa, porque es complementaria, no superior, ni inferior, ni una en detrimento de la otra.

Después de tantas idas y vueltas, tantos errores y aciertos cometidos, tantas historias vistas en mi consultorio, lo que me queda en claro es que la guerra de los sexos debe acabar y decretarse la igualdad valorativa. Que no significa que no hay diferencias, porque las hay: las mujeres podemos parir, los hombres no y el hombre es más fuerte físicamente que la mujer.

Igualdad quiere decir que ninguno tiene más poder, que no se aprecia más a un sexo que al otro. Pero la igualdad la vamos a lograr las mujeres cuando dejemos de tapar y sobreproteger a los hombres y nos amemos más a nosotras mismas.

¡Cómo quisiera que entendamos esto! Somos complementarios, sobre una base de igualdad. ¡Basta ya de competencias estériles! ¿No se dan cuenta, ustedes hombres, que también están perdiendo? ¿Qué ahora les damos puntaje a su comportamiento como amantes, a su cuerpo o al tamaño de órgano?

Ustedes también están codificados, y esto es una cruel venganza de las mujeres, en honor a nuestras madres y abuelas por tantos años de dictadura. 

Hagamos las paces.

 

En la cultura latina le damos más valor a los hombres que a las mujeres y eso es culpa de las mujeres pues son ellas las que diferencian a sus hijos varones y no les enseñan a tratar bien a las mujeres. Cuestiónense sobre este particular.    

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